lunes, 15 de septiembre de 2014

INVITADOS AL BANQUETE

A todos nos gustaría ir a cenar a un restaurante fino, donde se preparan exquisitos platillos, servidos con toda elegancia, ¿no es verdad?

Tal vez has estado en la incómoda situación de tener que excusarte, inventando cualquier pretexto, frente a una salida a cenar con amigos a un lugar elegante, porque cada quien debe pagar su cuenta y es muy caro, y tus recursos no te lo permiten o hay otras prioridades en tu presupuesto.

"... Cierto hombre preparó un gran banquete e invitó a muchas personas. A la hora del banquete mandó a su siervo a decirles a los invitados: "Vengan, porque ya todo está listo." Pero todos, sin excepción, comenzaron a disculparse". Lc. 14:16-18 

Claramente este no es el caso, pero si fue una invitación que Jesús narró a los fariseos miles de años atrás. Se trata de un hombre que hizo un gran banquete, pero ninguno de sus invitados quiso ir, no por el precio, sino por falta de interés. No fue una invitación cualquiera, se trataba de un banquete apoteósico en el mejor de los lugares y sin costo para ellos. Todo estaba pagado, sólo tenían que asistir, pero eso no les importó y cada uno de ellos se fue excusando por uno u otro motivo para no asistir. El dueño del banquete terminó invitando a las personas que no eran cercanos a él, y que además eran despreciadas por todos.

Hoy, casi 2000 años después, esta misma invitación sigue en pie. Dios es su infinita paciencia no ha perdido la esperanza de que nosotros aceptemos su invitación, que vayamos a su mesa y cenemos con él, sin que comencemos a darle una y otra excusa para no ir. (2ª Pe.3:9)

Es cierto, todos tenemos ocupaciones y responsabilidades: nuestro esposo(a), los hijos, padres, estudios, el trabajo, el ministerio, etc. Todas razones muy legítimas, pero ninguna de ellas lo suficientemente grande o de peso, como para compararla con la invitación gratuita que Dios nos hace para estar con él. Es gratuita para nosotros, porque el precio ya fue pagado por él, con la vida de su Hijo Jesús, cuando murió en la cruz para darnos vida. En síntesis, cualquier motivo, por legítimo que podamos tener, es secundario y pasa a ser un obstáculo si impide que corramos a su mesa y cenemos con él.

Todavía es tiempo de escuchar la dulce voz de Dios que nos invita a su banquete. Hoy es tiempo de dejar las migajas para disfrutar del banquete que él tiene preparado para nosotros.

¡Vamos, no perdamos más tiempo, esta cena ya fue pagada! 

domingo, 14 de septiembre de 2014

LA VERDERA ADORACION





Lo primero es hacer una aclaración: En la iglesia evangélica generalmente pensamos que "adoración" es cantar lento... Pero te doy una noticia: podemos cantar muchas canciones lentas y jamás haber adorado a Dios. El canto es una de las expresiones posibles para la adoración, pero la verdadera adoración tiene que ver con tener devoción hacia Dios. Yo, por ejemplo, tengo devoción del corazón hacia mi esposa y entonces quiero pasar tiempo con ella porque la amo, porque he hecho un compromiso con ella. ¡Pero no estoy todo el tiempo cantando le canciones lentas!

Un verdadero adorador es alguien que pasa tiempo con Dios, alguien que pasa tiempo de intimidad con el Señor.
Imagínese si los que estamos casados hiciéramos con nuestras esposas lo mismo que la mayoría intenta hacer con Dios: ¡Cantarle bellas canciones una vez a la semana, y después en toda la semana no prestarle ninguna atención! Por esto es que Jesús dice: "este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mi." (Mateo 15.8)

No, no se trata de decirle cosas lindas cada vez que estamos en la iglesia, sino de pasar tiempo con El. Todos los días. Y no solo en público, sino en secreto, en la intimidad y la quietud de nuestro cuarto, es muchas veces donde tenemos los mejores momentos de adoración al Señor.

¿Que es, entonces, la adoración a Dios? Simplemente es reconocer quien es Dios y responder de una manera apropiada.

Yo pregunto: ¿Hace cuanto que no adoras a Señor sin un templo, sin una banda de alabanza, sin un ministro de alabanza que te diga que hacer? ¿Hace cuanto que no le adoras en la intimidad? ¿Quieres más de Dios? Pasa tiempo con El. ¿Quieres aprender a adorarlo mejor? Pasa tiempo aprendiendo a conocerlo mejor y a amarlo más. Y veras como la adoración surge sola.
"...los verdaderos adoradores rendirán culto al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren." (Juan 4.23)........

AMENNNNNNNNNNN!!!!!!!

sábado, 13 de septiembre de 2014

DELEGAR O ENCOMENDAR

"Así pues, los once discípulos fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al ver a Jesús, le adoraron, aunque algunos dudaban. Jesús se acercó a ellos y les dijo: Dios me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced mis discípulos a todos los habitantes del mundo; bautizadlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñadles a cumplir todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo." (Mateo 28:16-20)


Uno de los grandes retos de todo pastor de jóvenes es delegar. Delegar es dar a otros parte de nuestra responsabilidad y también, parte de nuestra autoridad.
Delegar es estar dispuesto a perder el control, a no tomar las decisiones, a dejar, no solamente que otros las tomen por nosotros, sino asumirlas como propias y seguir el liderazgo de otros en aquellas áreas que hemos delegado.
Delegar es potenciar, es dar alas, es crear posibilidades para el crecimiento y el desarrollo de otros. Delegar es también permitir el fracaso, entendiendo que el fracaso es imprescindible para poder crecer, perfeccionarse, conseguir maestría en cualquier campo de la vida.
Delegar es mostrar confianza, es transmitirle a la otra persona nuestra creencia en ella, su potencial, sus posibilidades, su futuro. Delegar es tener la íntima convicción de que la gente puede hacer las cosas y tan sólo necesita la oportunidad, la confianza la creencia.
Delegar es el gozo de ver que los dones se multiplican para la gloria de Dios y la extensión de su reino. Delegar es ver a las personas como Dios las ve, ver no lo que son, sino aquello que pueden llegar a ser.
Delegar es el privilegio de colaborar con Dios, de ser un instrumento en sus manos para el trabajo sobrenatural que Él desea hacer en la vida de otras personas.

Delegar es un reto para todo líder sea cual sea su área de ministerio. Delegar produce miedo en muchos de nosotros.

Algunos de los matices de este miedo son totalmente irracionales. Van muy ligados con nuestra propia inseguridad. Nos preocupa que si delegamos la gente lo haga bien. Consecuentemente, si lo hace bien, crezca y nosotros podamos llegar a perder nuestro status delante de los jóvenes.
Precisamente porque nos da miedo que sea capaz de hacerlo bien, nos escudamos en que lo hace mal para no delegar. El miedo es irracional y cuando caemos en la irracionalidad somos capaces de justificar lo injustificable.

Otros miedos son, digámoslo así, más presentables en sociedad, incluso reales, auténticos.
Si delegamos el trabajo la tarea no será hecha con la calidad que nosotros la haríamos y que debería ser hecha. Es cierto, nadie puede objetar contra eso. Sin embargo, si no delego siempre tengo que hacer yo la tarea, nadie puede reemplazarme, nadie puede alcanzar mis estupendos niveles de calidad porque nadie puede aprender sin fallar y, cuando alguien está en el proceso de aprendizaje, la calidad a corto plazo puede resentirse aunque a medio y largo plazo mejore.
Si delegamos perdemos más tiempo explicando cómo hacer las cosas que haciéndolas por nosotros mismos. Cierto, somos más rápidos, más ágiles, pero siempre estaremos solos si no invertimos el tiempo necesario en capacitar a otros. A veces pienso que precisamente es eso lo que queremos, tener nosotros todo el control.
Si delegamos, en muchas ocasiones, perdemos un montón de tiempo en arreglar los “desperfectos” que otros han creado. Cierto también, pero ya sabemos que forma parte de la lógica del aprendizaje, del proceso natural. Si no se siembra no hay fruto. Es verdad que entre la siembra y la cosecha hay tiempo y trabajo duro por en medio. Pero la segunda no es posible sin la primera.

Pienso si en el fondo delegar no será ante todo, y sobre todo, una lucha contra mí mismo, contra mi tendencia y necesidad humana de tener el control de todas las cosas.
Necesito, en este tema, como en tantos otros, recobrar la perspectiva correcta. No puede haber crecimiento, desarrollo, madurez en la vida de los jóvenes sin delegación de responsabilidades.
También me doy cuenta que la delegación necesita tener ciertas cualidades para que sea de bendición en la vida de los jóvenes con los que estoy trabajando.

He de delegar con la motivación correcta. Es una tentación muy humana hacerlo para demostrar que el delegado no sirve, no es capaz, no es confiable.
He de delegar con el propósito correcto. La finalidad de delegar es ayudar al desarrollo, la madurez, el crecimiento del joven. La delegación no tiene ningún sentido si no está relacionado con este fin último. Necesito recordarme que no delego para tener menos trabajo, eso es utilitarismo. Delego para ayudar al otro a crecer y, en ese proceso, como resultado tengo menos trabajo.
He de delegar en la proporción correcta. Si el reto es ínfimo la persona no crecerá. Si el reto es abrumador puedo hundirla para siempre. Necesito la sabiduría para delegar en la proporción que le permita ejercer su fe y tener que enfrentar un desafío.
He de delegar proveyendo los recursos correctos. No puedo delegar sin ofrecer al delegado todos los recursos para poder llevar a cabo con éxito su misión.
He de delegar con la supervisión correcta. No puede haber delegación sin supervisión. La delegación carente de supervisión no tiene ningún valor pedagógico. No debo olvidar que cuando no ofrezco la supervisión necesaria todos los posibles errores son culpa mía.
He de delegar asegurando que existe una evaluación correcta. La delegación también pierde su fuerza educativa y transformadora si no soy capaz de proveer evaluación. Si no soy capaz de sentarme con el joven y valorar qué ha ido bien y por qué. Que ha funcionado mal y por qué.
He de delegar con la libertad necesaria. No puedo delegar sin ofrecer libertad para fallar. Sin proveer un ambiente de gracia en el cual, el fallo es posible y aceptable y no afectará al valor, dignidad o posición de la personal. He de delegar proveyendo un ambiente de segundas oportunidades.


MI ORACIÓN
Señor ayúdame a delegar. Ayúdame a creer en la gente. Ayúdame a considerar aceptable una pérdida de calidad en las actividades y las tareas, una pérdida de mi tiempo para explicar, supervisar y evaluar a los jóvenes, a fin de que éstos puedan desarrollar todo su potencial, pueden crecer, puedan ejercer sus dones.
Dame valor para sacrificar mi presente en aras del futuro de ellos. ayúdame a estar dispuesto a perder el control.
Señor, permite que sepa delegar bien, con la motivación y el propósito correctos. Ofreciendo los recursos y la supervisión necesaria. Evaluando fielmente con los jóvenes. Señor, permite que delegue en un ambiente de libertad, gracia y segundas oportunidades.
Finalmente, Señor, ayúdame a ser lo suficientemente coherente con mi delegación para saber aceptar y seguir el liderazgo de los jóvenes en aquellas áreas que he sabido delegarles.
Todo ello, para tu gloria.


REFLEXIÓNA EN ESTO:
1. ¿Te cuesta delegar? Si tu respuesta es afirmativa, ¿Por qué te cuesta delegar?

2. ¿Estás dispuesto a tolerar una cierta pérdida de calidad en las tareas, tu tiempo en explicaciones y supervisión a fin de que otros puedan crecer?

3. ¿Contiene tu delegación los elementos necesarios para hacer de la misma una experiencia transformadora para los jóvenes?

4. ¿Creas cuando delegas un ambiente de libertad, gracia y segundas oportunidades?

5. ¿Estás dispuesto a seguir el liderazgo de los jóvenes en aquellas áreas que has delegado? ¿Delegas la autoridad junto con la responsabilidad?

BENDICIONES